« Time out | Inicio | Navidad (III) »
Blandi blub regenerador
Ayer tuve el día más blando del mundo. Era un auténtico blandi blub. Caminaba y lloraba; fumaba y lloraba; hablaba y lloraba pensaba y lloraba. Hiciera lo que hiciera, no podía parar de llorar.
Me sentía el alma como si se me fuera a salir por los ojos en forma de lágrima, sin poderla controlar. Se me escapaba en plena calle, ante la pantalla, en la cola del supermercado y hasta rebuscando entre las albóndigas y las latas de aceitunas. Por la mañana, antes de salir de casa, me estiré sin poder evitarlo hecha un ovillo, y la dejé salir por donde ella se empeñaba durante rato a sus anchas, con la esperanza de que así se quedara tranquila y relajada. Pero no. Solo me taponó la nariz y siguió destilando sus dolores acumulados durante años por todo el día, sin terminar nunca. Y yo me iba sintiendo blanda y más blanda, casi como si fuera de plastilina por dentro y tuviera por ahí una fuente inagotable que no conseguía cerrar.
Lloré mis tristezas encapsuladas por tantas torpezas cometidas, por las injusticias sufridas, por las rabias contenidas, por los dolores enquistados, por las frustraciones acumuladas, por las expectativas rotas y los sueños esfumados y la vida vivida según venía, solo siendo y sintiendo, sin pensar. Por todo lo no conseguido, por todo lo que no me ha tocado, por todas las apuestas al rojo que salieron, siempre, negro. Por las tantas semillas sembradas y no cosechadas. Por no haber encontrado mi lugar en el mundo, aunque no haya dejado nunca de deambular.
Y, todo eso, brotó de un (simple) enfado con mi hijo.
Realmente, andaba un poco embozada.
Caída la noche, me seguí sintiendo blandita; pero con el cuerpo por dentro como si me lo hubiera recorrido una excavadora y no hubiera dejado ni migajita endurecida. Era entonces un blandi blub completo, removido, relajado y apaleado. Me sentía agotada. Como si hubiera pasado una gripe aguda del alma de emergencia.
Esta mañana he amanecido limpia como una patena. Ligera, volátil, pesando como seis kilos de espíritu menos. Como si la excavadora hubiera llevado en su enorme pala unos trapos empapados de agua y jabón que se hubieran paseado con ella por todos mis resquicios internos, arrancando a su paso todo cuanto los enquistaba.
Y, llena de una extraña paz, ya no me ha dolido que mi hijo siguiera con su recién adquirida costumbre de rehusar besarme, ni que mi jefe me mirara con cara de pocos amigos por no permitir que se me exija más, ni sentirme completamente sola ante los difíciles frentes que presenta en este tramo al que he ido a parar, vaya por Dios, la vida.
Ya encontraré el camino.
No sé cuál es, pero sé que no está en la guerra. Me apeo de la guerra. Está en la paz.
24, nov | sin comentarios retazosdevida En: 2011 compártelo
« Time out | Inicio | Navidad (III) »

Escribe un comentario