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Terra
La Coctelera
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Festivo lunes primaveral

Me da los buenos días un cielo indeciso, que deja a algún rayo de sol filtrarse por entre las nubes, también inconcretas. La casa está en silencio; solo oigo un leve rumor arriba, de televisión. Asomo la cabeza por las escaleras de la habitación abuhardillada en madera: "¿Bichitos...?" "¡Buenos días!", saltan al unísono; "ya hace rato que estamos despiertos, hemos bajado, hemos puesto la tele, hemos jugado al ordenador, y nos hemos vuelto a subir aquí." "Aquí", a ese remanso amaderado que parece una cabaña escondida en el bosque, pero que está en plena ciudad, y que se me antojó sería algún día el secreto refugio para el mundo interior efervescente y multicolor de mi hijo, empezando ya, efectivamente, a hacer las veces.

Los hago bajar a los dos, a mi hijo y a su primo, y preparo un apetitoso desayuno para los tres. Cómo me gusta el olor a café por las mañanas.

Por fin salimos rumbo al parque, no sin antes pasar a encargar un pollo a l'ast.

Tengo suerte; encuentro una mesa en semi-sombra, mientras ellos se alejan correteando como ratoncillos inquietos, a quemar toda la energía que atesoran y que parece que se multiplica todos los días, sin fin.

Vigilándolos de vez en cuando con un ojo desde lo lejos, pido, de entrada, una Fanta de naranja. Tengo sed, y no me apetece beber solo agua. El sabor de la Fanta de naranja me recuerda a mi niñez.

Abro mi libro, mi querido libro en el que tan a gusto me sumerjo un rato todos los días ("Come, Reza y Ama", de Elisabeth Gilbert), y con el que me siento tan identificada: en cuanto a la forma de percibir la vida, de observarla, de sentirla, de narrarla. Es un libro básicamente intimista, que cuenta emociones, sensaciones, y te hace bucear en ellas, como si fueran tuyas; un poco como hago yo.

Éste es un parque grande, pero de barrio, en el que escasean las marcas y abunda la masa, la persona esencialmente "normal".

Hay mucha gente, de todos los tipos y colores. Varios papás y mamás, muchos con evidente cara de sueño (siempre acompaña en esos casos un retoño que no rebasa los tres años, es infalible), gente sola también con un libro o un "Ipod", familias de amigos. Una mujer extranjera, cubana o dominicana me parece deducir por su acento y su moreno, llega con su hijo y pide una Coca-Cola. Mientras lo hace, saca tan ancha una botella de agua y un "tupper" con comida para su hijo. Monta un cirio cuando el camarero le dice que no está permitido. Como el chico se ve acuciado por la ira de la mujer, tiene que venir el dueño a echarle una mano, y como quiera que yo estoy delante, ambas partes me miran a ratos en la acalorada discusión, buscando cada uno mi aprobación en su postura.

- "Usted no puede obligarme a pedir nada", espeta la mujer, indignada.

- "Yo no la obligo a pedir nada, le digo solamente que esto no está permitido, y que si quiere hacerlo, tendrá que pedir algo para comer", le responde el dueño como mejor puede, pues la señora no le deja ni hablar.

Al final se levanta, negándose a pagar la coca-cola que el niño ya ha abierto, y cuando el camarero le dice que ya ha bebido, la mujer agarra a su hijo por la barbilla con fuerza y sacudiéndole le intimida: "¿Has bebido? Dime la verdad, dime la verdad...!" El chaval se defiende como puede, sin entender nada: "No, no, solo la he abierto..."

Se aleja ofendida meneando la cabeza mientras me mira a mí con cara de indignación, a la vez que espolvorea: "Cuántas tonterías, ¡lo que hay que aguantar!"

Yo, como mera espectadora que soy, no digo nada, pero me entran ganas de intervenir, y explicarle a la señora, que me parece estar a años luz de lo que es una mínima conciencia, para insuflarle un poco de humildad, que está haciendo un cochambroso ridículo. Me entran ganas de decirle cosas tan obvias como que ésta es una costumbre aceptada aquí, como que ella está en un lugar que pertenece a ese señor, y como que él tiene todo el derecho a permitir y prohibir lo que le dé la gana, además de que es de lo más razonable, a ver si es que se le ocurriría entrar en un restaurante y llevarse su propia comida. Pues es lo mismo.

Siento pena por su hijo.

Al rato sigo distrayéndome, observando a la gente que ocupa mis mesas vecinas cuando levanto los ojos de mi libro por entre mis gafas de sol.

Tras tres o cuatro visitas de mis queridos saltarines, me animo con unas patatas, unas olivas y  un Martini. Veo entonces aparecer a un joven greñudo, con ese estilo que a mí irremediablemente me atrae. Lleva el pelo medio largo, recién lavado -pues aún desprende atisbos de humedad-, barba y perilla estudiadas de cuatro o cinco días, una camisa ancha tipo "hippy" y un collar de conchas que le cubre justo la apertura de la camisola. Le cuelga una guitarra con una funda bastante grande a la espalda. Tras saludar al dueño, para mi sorpresa, agarra una silla y, colocándose frente al gentío, empieza a desmontar el interior de su funda y a afinar su instrumento.

Le observo de lejos escondida tras mis gafas mientras va toqueteando cables, micrófono, cuerdas. Es guapo, desde luego. Debe ser argentino, me digo. Tiene el pelo como yo.

Y al poco, empieza a tocar, y a cantar.

La escena se me hace maravillosa. Estoy con mi Martini aquí sentada, al tenue sol, resguardada bajo la sombra de un árbol, con un libro que me maravilla entre las manos, un par de estrellitas revoltosas jugando a lo lejos, y escuchando cómo llenan el especio las notas melodiosas que este hombre le arranca a su guitarra y a su garganta. Cuántas de estas personas estarán disfrutando de lo completo de este momento como yo, me pregunto; cuántas sabrán apreciar lo maravilloso del escenario, el broche de oro que este hombre le pone al cuadro con su canción. Pocas, me contesto yo sola, al echar un vistazo al poco caso que le hace la gente, toda ensimismada en sus patatas y su charlar. Suenan Silvio Rodríguez, Maná, Calamaro, Nino Bravo, todos versionados por el tono personal y engolado que este atractivo hippy le pone a cada conocida canción.

Pienso en eso que leí ayer, algo así como que la vista es el sentido que primero nos acerca al deseo, pero el que menos queda cuando el deseo se convierte en amor. Pienso en lo que leí en mi libro, sobre que cada persona, cada ciudad, tiene una palabra que la define por encima de todo, y que la de Roma es "sexo". Pienso en aquello que leí también por otro lado de que las estadísticas dicen que los hombres piensan una media de veinticinco veces al día en el sexo, mientras que las mujeres lo hacemos, como mucho, unas cinco o seis (las que más).

Me digo que no soy una mujer al uso. Que a mí la vista me trae poderosamente el deseo, que tal vez nunca he sentido de verdad el amor. Que mi palabra también es, a muchos ratos, "sexo". Que, ahora que he conseguido entablar una relación de honestidad brutal conmigo misma, sé y me reconozco que una parte de mí evalúa sexualmente a cualquier hombre que me presenten, como parte de mi evaluación inconsciente global de toda la persona. Y que sé que este tipo greñudo está allí tocando la guitarra y este encuentro es todo el que el Universo ha decidido que nos toca, pero no me importaría en absoluto si así no fuera que hubieran más, porque sé que si se me permitiera algún otro, en ese otro,  -y seguramente en ese único aspecto-, este hombre hippy de voz melodiosa sería algo así como la enésima horma de mi zapato.

Al fin, me levanto a pagar y a buscar a mis dos asteroides, que andan brincando por el campo de fútbol.

Les doy un euro a cada uno y les digo que se lo den al chico aquel de la camisa blanca, que ahora se ha levantado a descansar y está en un taburete de la barra, departiendo con uno de los camareros, porque estaba tocando la guitarra y lo había hecho muy bien.

- "¡Mi amooorr, grasias...!, les exclama el chico cuando le tocan el hombro, con lo que ha sido mi acertado acento argentino. Y, siguiendo con lo suyo, en esa apostura tan digna y autosuficiente que suelen tener los argentinos, que puede hasta rozar la soberbia (aunque estén muriéndose de hambre lo hacen con una dignidad tal, que no transmiten otra cosa que "¿Qué pasa? Si no necesito nada de ti, que no lo ves..."), continúa: "Andá, dejálo en la funda." Y sigue hablando de fútbol.

Por supuesto que ese otro teórico encuentro en un lugar por lo general mullido y rectangular sería el único en que congeniaríamos.

De vuelta a casa, recogemos nuestro pollo a l'ast y me cruzo con el obrero de la construcción (mi calle está entera en obras, parece que vamos a estar muy bien comunicados con el mundo cuando terminen) más atractivo que he visto en toda mi dilatada vida. A pesar de ser solo un obrero, tiene un aire de chulito y autosuficiente que tira de espaldas, seguramente lo que marca el gesto que a mí me lo hace parecer tan "masculino".

Entro en casa con mis dos soles. Nos ponemos morados de pollo. Me pregunto en qué cola debía estar yo cuando, en el cielo, antes de que viniéramos aquí, repartían los ombligos y la autosuficiencia.

Seguramente, sola en otras tres o cuatro colas más.

 

13, jun | sin comentarios Posteado por: retazosdevida En: 2011 compártelo

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