Publicidad:
Terra
La Coctelera
image

Enferma crónica

Sufro de una enfermedad crónica. No está descubierta ni identificada todavía; mucho menos catalogada. Ni siquiera intuida: nadie sabe que existe. Pero está.

No es psicológica, ni psicosomática. No se sabe qué la causa, ni en qué extraño entresijo de la vida reside su porqué.

Consiste en que mis sentidos padecen de una suerte de locura, y se oponen instintiva y frontalmente a lo que les dicta mi razón. No es por cabezonería, ni por llevar la contraria. No eligen: son sencillamente así.

Aquello que los atrae es irremediablemente contrario a lo que contenta a mi espíritu. Mi piel, mis labios, mi cuerpo y mis entrañas más íntimas resultan sentirse colmados solamente con aquellas pieles, labios, cuerpos y entrañas más íntimas que nunca satisfarán el resto de mi ser. Los que lo podrían llenar, a mis sentidos no les sientan bien. No los despiertan, ni los encienden, ni les hacen cosquillas ni los hacen desear.

No es un resorte extraño del alma, una aversión oculta a querer, un rechazo inconsciente a lo que tiene opción de ser. No es una elección instintiva a la imposibilidad, un recurso insondable y misterioso que rehúya la unión. No, no lo es.

Porque mi razón identifica. Mis sentidos intentan. Intentan doblegarse, hasta acostumbrarse. O, llegado el caso contrario, resistirse a ellos mismos.

Pero una y otros nunca se encuentran. Y se enzarzan una y otra vez en una danza imposible sin fin, terminando exhaustos y convencidos por igual, cada uno en su lado, opuesto.

No mando sobre lo que me gusta. No mando sobre cómo me siento en un plano o en otro. No mando sobre lo que me produce bien, o mal, estar. Me limito a identificarlo, solo sintiéndolo.

No mando sobre qué me produce un beso, un abrazo, un cuerpo, un sentir dentro de mí. No mando sobre qué me traspasa los poros. Sobre cómo me sienta cómo me hagan el amor. Ni sobre cómo percibo una voz o un tono y lo que me transmite, ni sobre si una caricia o un gesto o una mirada me hacen erizar la piel. No mando sobre todo eso; solo puedo constatar cómo me sienta, indefensa ante la aplastante obviedad.

La misma aplastante obviedad de que nunca emana de alguien capaz de pintar el resto mis ángulos.

Mis ángulos son incompatibles. Antagónicos. No pueden estar todos llenos a la vez.

Tengo una enfermedad crónica. No tiene cura.

Todo lo que puedo hacer es aprender y aceptarla, para ser capaz de gestionar cada vez más eficientemente sus efectos.

Si no puedes vencer al enemigo, únete a él, reza el refrán. Pero es un poco difícil cuando el enemigo... es también una parte intrínseca, no elegible, de uno mismo.  

16, may | 2 comentarios Posteado por: retazosdevida En: 2011 compártelo

2 comentarios

Yiyo 16 may 2011 | 11:06 PM

Duro es cuando lo que es todo no llega a nada y cuando lo que no es nada pretende ser todo. Y, sin embargo, cuando duermo sin ti, contigo sueño, y con todas si duermes a mi lado, decía Sabina. No hay nada mas bello que lo que nunca he tenido, nada más amado, que lo que perdí, cantaba Serrat. En fin, la contradicción de espíritu y circunstancias debe ser como el ébola.
Hasta dentro de nada.

Maite 30 may 2011 | 10:05 PM

Puede ser que me esté curando....? :-) Un besazo, Canarión.

Escribe un comentario