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Terra
La Coctelera
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Vida

He abierto los ojos en la semi-oscuridad, enredada en el mullido y desordenado edredón. De un salto, al recordar dónde estaba, me he dirigido a la ventana para abrir los porticones; el sol me ha cegado la vista y el olor limpio a brisa de mar me ha inundado el alma. Luchando por mantener los ojos abiertos y contra el viento, he empujado las maderas hasta encajarlas en sus anclajes, y, abriendo los cristales de par en par, he vuelto a meterme corriendo en la cama, para poder admirar desde ella lo que veía. Si ya normalmente me gusta vaguear entre las sábanas al despertar, dejando que mis sentidos resuciten despacio y me traigan despacio su iluminación, esta ocasión era poco menos que un lujo para ello: volver al mundo ante la naturaleza pura, embrutecida en todo su esplendor.

Buscando entre los cojines el rincón que esquivara los potentes rayos cegadores, me he recreado hecha un ovillo en el espectáculo que se desplegaba ante mí: el mar rugía bravo, encabritado, salvaje, haciendo estallar sus enormes olas contra las rocas y rompiéndolas en mil pedazos de espuma blanca que llegaban casi hasta la habitación. El viento orquestaba el espacio, rugiendo a la par con su silbido fuerte, poderoso; los pinos se balanceaban indefensos, en una danza de locura infernal, amarrados a la vida en sus raíces, resistiendo el embiste a fuerza de flexibilidad. Con los reflejos del sol, el agua parecía de plastilina; se veía espesa, plomiza, una masa casi sólida y pesada que se movía extrañamente, mostrando millones de crestas blancas en su superficie, que parecía impermeable. Las barcas aboyadas subían y bajaban sin cesar, esperando sin poder de lucha alguno que una ola las arrancara de su débil ancla y las lanzara contra las rocas. Tres habían caído ya.

Me he relajado largo rato, dejándome sentir. Oler, oír, impregnarme. Qué poderosa es la naturaleza. Y qué pequeños nosotros. Qué indefensos, insignificantes, cuando se pone brava y despliega su brutal fuerza indomable.

He tratado de alejarme de mi minúsculo punto de mira y adentrarme en el cielo, y después en el espacio, y después en el universo, imaginando cómo todo estaba encajado en algún lugar, ahí; asimilando cómo vivimos a merced de algo, algo tan grande y misterioso y poderoso que no comprendemos, y que creemos, en nuestra humana pequeñez, vana y arrogante, poder controlar.

Todas mis incesantes inquietudes espirituales sobre el misterio de la vida se han agolpado en mi mente, entremezclándose en esta maravillosa tormenta soleada que se me ha regalado hoy en mi despertar. Astrología, filosofía, energía, ética, fe, kabbalah, religión. En todas partes buscamos la respuesta. En alguna manera necesitamos saber, queremos encontrar. Y qué poco lo conseguimos. Qué borreguiles y cortos de miras, necios, pequeños, somos. Qué lucha tan inútil nos llevamos todos juntos, aquí, en la Tierra, tratando de entender sin poder ver más allá de un palmo de nuestras narices.

He pasado largo rato observando la naturaleza desatada, refugiada en mi pequeño mundo cálido y seguro, tratando de aprender de la sabiduría del movimiento del mar, del rompimiento de sus olas, incluso del natural método de supervivencia de los árboles, resistentes a la tempestad sin quebrar siquiera sus ramas más enclenques.

El abrazo sobresaltado de mi hijo, irrumpiendo de golpe en la habitación, me ha sacado de mi ensimismamiento.

Cómo podemos pretender entender, atisbar siquiera, el misterio de la vida. Con solo mirarlo a él, a mi hijo, la ausencia de respuesta se me hace infinita; y aún sabiendo que infinitos son los milagros que, como a él, han ido trayendo aquí, a este rincón del Universo, a toda la Humanidad.

Me he levantado abrazándolo, y dejando que se desvanezca en mí esa idea que me ronda últimamente por la cabeza, no sé si a modo de alivio, o a modo de qué: la esperanza de enfrentar el día en que me toque dejar este mundo con una secreta motivación: la de poder encontrar tal vez, después de eso, algunas respuestas.

El olor a café inundaba la casa. He cerrado la ventana. Mi estómago, como el mar, también rugía.

El desayuno se me ha antojado delicioso.

En el bullicio de olas, viento, sol y niños milagrosos, nos hemos ido, tranquilamente, refugiados en nuestro pequeño mundo prefabricado, a pasear.

22, jun | 4 comentarios Posteado por: retazosdevida En: 2010 compártelo

4 comentarios

Cata 22 jun 2010 | 06:58 PM

Me resulta absolutamente paradisiaco... la situación, la descripción del entorno y la sensación que me transmite.
Casi me llega el olor a mar...
Me ha encantado Maite!!!!
Beso gordo y disfruta!

Maite 22 jun 2010 | 08:46 PM

Sí... hasta las gotas llegaban... me hubiera quedado remoloneando en mis pensamientos imposibles toda la mañana :-) Un beso Cata! Disfruta también... ;-)

Honey 23 jun 2010 | 11:01 AM

Qué bonito, Maitexu.
He sentido todo lo que ibas contando, con esa especie de pereza marítima tan placentera que te entronca con tu propia esencia.
Como pedía en mi post, esto para mí es "corriente positiva".
Gracias!

Maite 24 jun 2010 | 10:31 PM

Srta. Honeychurch... cuánto tiempo sin verla por aquí. Qué ilusión. Qué ilusión reencontrarte por estos parajes...! Me alegra que te haya gustado, que te dé buen rollo, como le quieras llamar. Un besote gordo, lleno de "corriente positiva" :-)

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