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Piedra Amazonita
Creí, apegada a mi ilusión de niña, que la magia de mi cumpleaños seguía regalándome cosas. En la pequeña bolsa de papel reposaba una preciosa piedra amazonita. Verde, redonda, lustrosa. Engarzada en su negro cordel. Me la coloqué en el cuello, le miré, le abracé: "gracias". Y germinó un abrazo largo, franco, puro; en mi corazón urgente, intenso, lleno, transparente. Silencioso. Sin espacio. Sin tiempo. Sin pensamiento ni porqué.
Permanecimos así, abrazados, solo sintiéndonos, en un eterno Ahora, sin principio ni final. Me dejé fluir, me dejé llevar; nada existía. Solo estaba ahí, en medio de la nada, abrazada a él. Nuestras mejillas se juntaron, nuestros dedos acariciaron, el cabello se entremezcló; despacio; despacio. Nos olimos; nos sentimos; nos tuvimos. Los dos queríamos, los dos dudábamos. Los dos sabíamos.
Los dos, pero yo no.
Finalmente, el deseo se atrevió a susurrarlo: "¿Quieres subir...?"
Mi pelo se enredó en sus dedos, su mano jugaba en mi cuerpo; nuestros ojos se miraron cerrados, nuestros poros se mezclaron callados. Despacio. Despacio. Muy despacio.
Los dos sabíamos.
Pero yo no.
Sólo atiné a sentir.
Su pantalón se manchó. Mi piedra colgaba en mi cuello. El alba se asomó a mirarnos. Y nos siguió observando en silencio durante setecientas treinta noches, siguiendo bella y hermosa a cada una de sus caprichosas lunas.
Los dos. Los dos sabíamos.
Los dos, pero yo no.
En la setecientos treinta y una, la piedra se rompió. Y el alba se retiró en la noche, llevándose su magia con sus pedazos de cristales verdes, estrellados en miles con los miles de sueños rotos.
Los dos, los dos sabíamos.
Pero fue entonces cuando yo supe.
Él, no.
7, dic | sin comentarios retazosdevida En: 2009 compártelo
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