Navidad (III)
Un año más, siento ganas de escribirte. Pero percibo algunas diferencias en mí respecto a todos, todos todos, los años atrás. Diferencias significativas, en mucho, para un ojo sutilmente observador.
Para empezar con un poco de broma, este año aún no has llegado, pero hace casi un mes que ya estás en mi casa. Te instalé casi con calor; casi antes que a la calefacción. Llegué a pensar que tendríamos que celebrarte en manga corta. Apenas empezábamos a ponernos botas -y aún sudábamos-, ya aparecías tímidamente en algunos rincones avezados de la ciudad, como ciertos supermercados, ciertos ávidos y lujosos comercios. Y en cuanto te vi, tuve ganas de ti; de sentir tu calorcito en el frío que no llegaba, de encontrarte en mi bufanda y en mi nariz helada, de deleitarme en ver tus luces cálidas desplegadas por todos los cristales y escaparates mientras perdía el tacto en las puntas de los dedos. Así que te di entrada en mi casa, para sentirte, para que estuvieras ahí.
Por suerte, ese frio anhelado se ha manifestado antes que tú -solo un poco antes-, y ahora no te haces extraña. Te haces, de hecho, más apetecible que nunca. Tal vez sea por lo que a continuación te contaré.
Este año, como he empezado a decirte, "siento ganas de ti". De olerte, de respirarte y de escribirte. Pero son ganas, no necesidad. Existe una sutil pero importante diferencia. Importantísima. Tan importante, que conlleva algo tan "simple" como la clave de la felicidad. Porque tener ganas de algo lleva a disfrutarlo cuando se tiene, pero evita sufrir cuando no está. Es un deseo matizado, evolucionado, domado; otorga una enorme libertad interior. Y, como resultado de ello, paradójicamente, se disfruta mucho más que cuando se sacia una necesidad. Porque se elige ese disfrute, desde un estar ya completo. Entonces, eso añade. Suma. Y no le falta a uno nada cuando ese "eso" no está.
Y este nuevo sentir proviene de la tercera gran diferencia con la que te recibo este año: una perspectiva totalmente distinta de la vida.
Siempre había querido ver en ti la magia, la paz; lo que no tenía conmigo durante el resto del año. Como si de un hechizo se tratara, contigo soñaba y esperaba que trajeras milagros, como los Reyes Magos y su estrella permanentemente fugaz.
En ti veía lo que eternamente buscaba, como si estuviera fuera de mí, y tú me lo pudieras traer. Me dejaba entonces sentirlo.
No, ahora sé que no traes milagros. Ahora sé que la vida es distinta a como yo me la imaginaba -porque ahora sé que yo, hasta ahora, no he vivido, he imaginado-, y que los milagros están solo dentro de uno mismo; y que no consisten en un toque de varita estrellada que todo lo va a hacer cambiar, sino que reposan en lo más hondo de nuestra alma; en el hecho de que llega un día en que esa alma comprende, acepta, y se siente fuerte y confortada consigo misma, sin necesitar nada más.
Ahora sé que los milagros consisten en integrar como parte de uno que nada ni nadie -ni siquiera tú, querida Navidad- nos podrá prodigar el calor que habita en el fondo de nosotros mismos.
Tú solo intentas, año a año, vida tras vida, hacernos un poquito más conscientes de eso. Nos recuerdas que existe; que todo está.
Pero nosotros, burdos e ignorantes, no entendemos. En vez de abrazar tu mensaje, te confundimos con el mensajero que trae el paquete. El paquete maravilloso. Como si de ti dependiera. Nos traes una chispa de luz, y te pedimos el cielo entero.
Este año, solo te celebro como parte de mí; como una manifestación que benefactoramente me recuerda que existe lo que en mí ya está.
Y me alegro de que llegues otro año, con un manto distinto. Te disfruto, con ganas de sentirte y compartirte; de sentirme acompañada.
Creo... Que por fin he madurado.
Feliz, y bienvenida, querida Navidad.
20, dic | 3 comentarios retazosdevida En: 2011 compártelo
Blandi blub regenerador
Ayer tuve el día más blando del mundo. Era un auténtico blandi blub. Caminaba y lloraba; fumaba y lloraba; hablaba y lloraba pensaba y lloraba. Hiciera lo que hiciera, no podía parar de llorar.
Me sentía el alma como si se me fuera a salir por los ojos en forma de lágrima, sin poderla controlar. Se me escapaba en plena calle, ante la pantalla, en la cola del supermercado y hasta rebuscando entre las albóndigas y las latas de aceitunas. Por la mañana, antes de salir de casa, me estiré sin poder evitarlo hecha un ovillo, y la dejé salir por donde ella se empeñaba durante rato a sus anchas, con la esperanza de que así se quedara tranquila y relajada. Pero no. Solo me taponó la nariz y siguió destilando sus dolores acumulados durante años por todo el día, sin terminar nunca. Y yo me iba sintiendo blanda y más blanda, casi como si fuera de plastilina por dentro y tuviera por ahí una fuente inagotable que no conseguía cerrar.
Lloré mis tristezas encapsuladas por tantas torpezas cometidas, por las injusticias sufridas, por las rabias contenidas, por los dolores enquistados, por las frustraciones acumuladas, por las expectativas rotas y los sueños esfumados y la vida vivida según venía, solo siendo y sintiendo, sin pensar. Por todo lo no conseguido, por todo lo que no me ha tocado, por todas las apuestas al rojo que salieron, siempre, negro. Por las tantas semillas sembradas y no cosechadas. Por no haber encontrado mi lugar en el mundo, aunque no haya dejado nunca de deambular.
Y, todo eso, brotó de un (simple) enfado con mi hijo.
Realmente, andaba un poco embozada.
Caída la noche, me seguí sintiendo blandita; pero con el cuerpo por dentro como si me lo hubiera recorrido una excavadora y no hubiera dejado ni migajita endurecida. Era entonces un blandi blub completo, removido, relajado y apaleado. Me sentía agotada. Como si hubiera pasado una gripe aguda del alma de emergencia.
Esta mañana he amanecido limpia como una patena. Ligera, volátil, pesando como seis kilos de espíritu menos. Como si la excavadora hubiera llevado en su enorme pala unos trapos empapados de agua y jabón que se hubieran paseado con ella por todos mis resquicios internos, arrancando a su paso todo cuanto los enquistaba.
Y, llena de una extraña paz, ya no me ha dolido que mi hijo siguiera con su recién adquirida costumbre de rehusar besarme, ni que mi jefe me mirara con cara de pocos amigos por no permitir que se me exija más, ni sentirme completamente sola ante los difíciles frentes que presenta en este tramo al que he ido a parar, vaya por Dios, la vida.
Ya encontraré el camino.
No sé cuál es, pero sé que no está en la guerra. Me apeo de la guerra. Está en la paz.
24, nov | sin comentarios retazosdevida En: 2011 compártelo
Time out
Me relaja meditar sentada en el sofá cada mañana, mirando al patio mientras despierto el día fumándome un cigarillo y apurando mi café antes de salir.
Me relaja trabajar en un día gris de lluvia con la radio flojita y la luz de la mesa encendida.
Me relaja entender las cosas en su globalidad.
Me relaja leer en un parque grande mientras veo a mi hijo saltar y liberar adrenalina arriba y abajo.
Me relaja escuchar ópera mientras corto judía verde y mondo patatas acompañada de una copa de vino tinto.
Me relaja abrazarme a mi pequeño cojín sustraído a Austrian Airlines cuando me voy a dormir.
Me relaja escribir.
Me relaja meterme en una iglesia de vez en cuando, y sentir su silencio.
Me relaja apagar las luces de casa y encender velas, e incienso.
Me relajan los domingos por la mañana, con sus despertares tardíos y tranquilos, sus desayunos calmados al sol, sin existir para el mundo.
Me relaja pensar que no tengo nada que hacer, más que lo que me apetece.
Y conseguir hacer así con todo ello, de cada cosa que hago, algo placentero.
22, nov | 5 comentarios retazosdevida En: 2011 compártelo
Ángel
Es la única palabra que acerté a oír, repetidas veces, mientras me mantenía paciente, llorosa, en las afueras de la capilla, sujetando mi cruz con fuerza, como si así pudiera agarrarme a algo que entender. El espacio, tan lleno estaba, no dejaba lugar a más.
Vi su semblante, indescriptible, a lo lejos, y ya solo al vislumbrarlo, rompí a llorar. En medio de la consternación, le imaginaba y no sabía - creo que lo escupía- qué forma ponerle a lo que me iba a encontrar. Supongo que mi alma lo negaba. Era incapaz, como la suya, de asimilar tal dolor.
Pero traspasó toda mi creatividad, por humana que pretendiera ser. No tenía palabras; solo abrazos, lágrimas, y afectividad. Y compasión. Como él.
Leí en su rostro afable, aún en este revés sin palabras ni consuelo posible ninguno, el dolor infinito, indescriptible, y un humanísimo agradecimiento a todos los corazones que, amalgamados al suyo, tratábamos inútilmente de aligerarlo.
Como decía una voz difuminada a lo lejos, siempre tendrá un ángel a su lado.
Como siempre lo tendrán mi padre, y mi madre.
Dios os bendiga, Jordi. A ti, y a todos vosotros.
Por Cristina, 9 años (10.03.10). Por Xavito, 4 años (04.11.79).
5, nov | sin comentarios retazosdevida En: 2011 compártelo
Vencida
Y de repente, llega un día en que me hago consciente de que finalmente me siento vencida. Por la vida; parece que me ha ganado. Lo siento en ese nudo que se me forma a menudo y sin avisar en la garganta, en mi exacerbada sensibilidad; en el cansancio tenaz que me derrota todos los días, en los barrotes de la rutina tediosa de la que no puedo escapar, en el embrujo sutil de las sábanas, que no consigo despegar de mi piel, en la ilusión que hace mucho, demasiado, que me abandonó. En la desgana más aterradora, en la desmotivación más plana, en la huida, casi, de cualquier amago de vida social. En la percepción inmediata e infalible del disfraz en que se refugia y se autoengaña, feliz y convencido, cada ser humano.
Mi reino son mis paredes, mi mundo interior, mis libros, mi sofá, mi manta. El resto me entristece y me aburre, por sabido y preclaro.
Tras tanto saltar, me he parado. Y al pararme tras tanta vida vivida me he dado de bruces con la cosecha de una lucidez tan abrumadora, que tanto pesa que me aísla y me inmoviliza.
Quisiera ser capaz de mirar otra vez con los ojos de antaño; con esa mirada curiosa que desprendía destellos de deseo, de fuerza, y de ilusión.
Pero era demasiado inquieta, idealista, inquisitiva y penetrante. Y ése fue su fin: se me ha muerto de tanto mirar sin encontrar.
Ya no creo en nada.
Qué gran engaño, la vida. Qué pantomima. Qué difícil para los que no nos avenimos a representar en ella.
Qué traición.
Qué decepción.
1, nov | 11 comentarios retazosdevida En: 2011 compártelo
Cosas para curar
Concibo al psicólogo como el Doctor del Alma. Yo creo que debería acudirse a él regularmente, a modo de prevención. Es cierto que no nos cambia la vida, pero sí que nos afina su percepción. Cuando se puede.
Nos agudiza las orejas, nos gradúa las gafas, nos enfoca la mirada hacia donde debe estar. Y todo eso, nos ayuda a sobrellevarla mejor, y a no hacer pelotas con ella.
Solemos acudir a él, sin embargo, solamente cuando nos duele algo. Algo en concreto, y generalmente de forma aguda. Nos duele un amor, o un desamor, nos duele el trabajo, nos duele una situación o nos duele la pérdida de un ser querido. Algo.
Y al menos así sabe qué es lo que tiene que sanar.
Lo malo es acudir como yo lo haría, sin saber decirle dónde me duele exactamente.
- "Señorita, ¿qué le ocurre?", me preguntaría él. "Dónde reside su pena. Dónde está su dolor."
- "No le sé decir, Doctor."
- "¿Y entonces?"
- "Es que... Me duele... Lo que me duele..."
- "¿Dónde le duele, señorita? ¿Qué es lo que le duele? Vamos. Relájese. Relájese y hable."
- "No puedo decirle, Doctor. Es que a mí... A mí lo que me duele es la vida. Me duele la vida. ¿Eso se puede curar?
Me duele la vida. No hay remedio contra el dolor de vida. El dolor de vida, así, generalizado y expandido, sin ningún foco concreto, creo que no tiene marcha atrás. Se forma tan despacio, secreta, fundada y enraizadamente, que luego ya no se puede marchar.
20, jun | sin comentarios retazosdevida En: 2011 compártelo
Festivo lunes primaveral
Me da los buenos días un cielo indeciso, que deja a algún rayo de sol filtrarse por entre las nubes, también inconcretas. La casa está en silencio; solo oigo un leve rumor arriba, de televisión. Asomo la cabeza por las escaleras de la habitación abuhardillada en madera: "¿Bichitos...?" "¡Buenos días!", saltan al unísono; "ya hace rato que estamos despiertos, hemos bajado, hemos puesto la tele, hemos jugado al ordenador, y nos hemos vuelto a subir aquí." "Aquí", a ese remanso amaderado que parece una cabaña escondida en el bosque, pero que está en plena ciudad, y que se me antojó sería algún día el secreto refugio para el mundo interior efervescente y multicolor de mi hijo, empezando ya, efectivamente, a hacer las veces.
Los hago bajar a los dos, a mi hijo y a su primo, y preparo un apetitoso desayuno para los tres. Cómo me gusta el olor a café por las mañanas.
Por fin salimos rumbo al parque, no sin antes pasar a encargar un pollo a l'ast.
Tengo suerte; encuentro una mesa en semi-sombra, mientras ellos se alejan correteando como ratoncillos inquietos, a quemar toda la energía que atesoran y que parece que se multiplica todos los días, sin fin.
Vigilándolos de vez en cuando con un ojo desde lo lejos, pido, de entrada, una Fanta de naranja. Tengo sed, y no me apetece beber solo agua. El sabor de la Fanta de naranja me recuerda a mi niñez.
Abro mi libro, mi querido libro en el que tan a gusto me sumerjo un rato todos los días ("Come, Reza y Ama", de Elisabeth Gilbert), y con el que me siento tan identificada: en cuanto a la forma de percibir la vida, de observarla, de sentirla, de narrarla. Es un libro básicamente intimista, que cuenta emociones, sensaciones, y te hace bucear en ellas, como si fueran tuyas; un poco como hago yo.
Éste es un parque grande, pero de barrio, en el que escasean las marcas y abunda la masa, la persona esencialmente "normal".
Hay mucha gente, de todos los tipos y colores. Varios papás y mamás, muchos con evidente cara de sueño (siempre acompaña en esos casos un retoño que no rebasa los tres años, es infalible), gente sola también con un libro o un "Ipod", familias de amigos. Una mujer extranjera, cubana o dominicana me parece deducir por su acento y su moreno, llega con su hijo y pide una Coca-Cola. Mientras lo hace, saca tan ancha una botella de agua y un "tupper" con comida para su hijo. Monta un cirio cuando el camarero le dice que no está permitido. Como el chico se ve acuciado por la ira de la mujer, tiene que venir el dueño a echarle una mano, y como quiera que yo estoy delante, ambas partes me miran a ratos en la acalorada discusión, buscando cada uno mi aprobación en su postura.
- "Usted no puede obligarme a pedir nada", espeta la mujer, indignada.
- "Yo no la obligo a pedir nada, le digo solamente que esto no está permitido, y que si quiere hacerlo, tendrá que pedir algo para comer", le responde el dueño como mejor puede, pues la señora no le deja ni hablar.
Al final se levanta, negándose a pagar la coca-cola que el niño ya ha abierto, y cuando el camarero le dice que ya ha bebido, la mujer agarra a su hijo por la barbilla con fuerza y sacudiéndole le intimida: "¿Has bebido? Dime la verdad, dime la verdad...!" El chaval se defiende como puede, sin entender nada: "No, no, solo la he abierto..."
Se aleja ofendida meneando la cabeza mientras me mira a mí con cara de indignación, a la vez que espolvorea: "Cuántas tonterías, ¡lo que hay que aguantar!"
Yo, como mera espectadora que soy, no digo nada, pero me entran ganas de intervenir, y explicarle a la señora, que me parece estar a años luz de lo que es una mínima conciencia, para insuflarle un poco de humildad, que está haciendo un cochambroso ridículo. Me entran ganas de decirle cosas tan obvias como que ésta es una costumbre aceptada aquí, como que ella está en un lugar que pertenece a ese señor, y como que él tiene todo el derecho a permitir y prohibir lo que le dé la gana, además de que es de lo más razonable, a ver si es que se le ocurriría entrar en un restaurante y llevarse su propia comida. Pues es lo mismo.
Siento pena por su hijo.
Al rato sigo distrayéndome, observando a la gente que ocupa mis mesas vecinas cuando levanto los ojos de mi libro por entre mis gafas de sol.
Tras tres o cuatro visitas de mis queridos saltarines, me animo con unas patatas, unas olivas y un Martini. Veo entonces aparecer a un joven greñudo, con ese estilo que a mí irremediablemente me atrae. Lleva el pelo medio largo, recién lavado -pues aún desprende atisbos de humedad-, barba y perilla estudiadas de cuatro o cinco días, una camisa ancha tipo "hippy" y un collar de conchas que le cubre justo la apertura de la camisola. Le cuelga una guitarra con una funda bastante grande a la espalda. Tras saludar al dueño, para mi sorpresa, agarra una silla y, colocándose frente al gentío, empieza a desmontar el interior de su funda y a afinar su instrumento.
Le observo de lejos escondida tras mis gafas mientras va toqueteando cables, micrófono, cuerdas. Es guapo, desde luego. Debe ser argentino, me digo. Tiene el pelo como yo.
Y al poco, empieza a tocar, y a cantar.
La escena se me hace maravillosa. Estoy con mi Martini aquí sentada, al tenue sol, resguardada bajo la sombra de un árbol, con un libro que me maravilla entre las manos, un par de estrellitas revoltosas jugando a lo lejos, y escuchando cómo llenan el especio las notas melodiosas que este hombre le arranca a su guitarra y a su garganta. Cuántas de estas personas estarán disfrutando de lo completo de este momento como yo, me pregunto; cuántas sabrán apreciar lo maravilloso del escenario, el broche de oro que este hombre le pone al cuadro con su canción. Pocas, me contesto yo sola, al echar un vistazo al poco caso que le hace la gente, toda ensimismada en sus patatas y su charlar. Suenan Silvio Rodríguez, Maná, Calamaro, Nino Bravo, todos versionados por el tono personal y engolado que este atractivo hippy le pone a cada conocida canción.
Pienso en eso que leí ayer, algo así como que la vista es el sentido que primero nos acerca al deseo, pero el que menos queda cuando el deseo se convierte en amor. Pienso en lo que leí en mi libro, sobre que cada persona, cada ciudad, tiene una palabra que la define por encima de todo, y que la de Roma es "sexo". Pienso en aquello que leí también por otro lado de que las estadísticas dicen que los hombres piensan una media de veinticinco veces al día en el sexo, mientras que las mujeres lo hacemos, como mucho, unas cinco o seis (las que más).
Me digo que no soy una mujer al uso. Que a mí la vista me trae poderosamente el deseo, que tal vez nunca he sentido de verdad el amor. Que mi palabra también es, a muchos ratos, "sexo". Que, ahora que he conseguido entablar una relación de honestidad brutal conmigo misma, sé y me reconozco que una parte de mí evalúa sexualmente a cualquier hombre que me presenten, como parte de mi evaluación inconsciente global de toda la persona. Y que sé que este tipo greñudo está allí tocando la guitarra y este encuentro es todo el que el Universo ha decidido que nos toca, pero no me importaría en absoluto si así no fuera que hubieran más, porque sé que si se me permitiera algún otro, en ese otro, -y seguramente en ese único aspecto-, este hombre hippy de voz melodiosa sería algo así como la enésima horma de mi zapato.
Al fin, me levanto a pagar y a buscar a mis dos asteroides, que andan brincando por el campo de fútbol.
Les doy un euro a cada uno y les digo que se lo den al chico aquel de la camisa blanca, que ahora se ha levantado a descansar y está en un taburete de la barra, departiendo con uno de los camareros, porque estaba tocando la guitarra y lo había hecho muy bien.
- "¡Mi amooorr, grasias...!, les exclama el chico cuando le tocan el hombro, con lo que ha sido mi acertado acento argentino. Y, siguiendo con lo suyo, en esa apostura tan digna y autosuficiente que suelen tener los argentinos, que puede hasta rozar la soberbia (aunque estén muriéndose de hambre lo hacen con una dignidad tal, que no transmiten otra cosa que "¿Qué pasa? Si no necesito nada de ti, que no lo ves..."), continúa: "Andá, dejálo en la funda." Y sigue hablando de fútbol.
Por supuesto que ese otro teórico encuentro en un lugar por lo general mullido y rectangular sería el único en que congeniaríamos.
De vuelta a casa, recogemos nuestro pollo a l'ast y me cruzo con el obrero de la construcción (mi calle está entera en obras, parece que vamos a estar muy bien comunicados con el mundo cuando terminen) más atractivo que he visto en toda mi dilatada vida. A pesar de ser solo un obrero, tiene un aire de chulito y autosuficiente que tira de espaldas, seguramente lo que marca el gesto que a mí me lo hace parecer tan "masculino".
Entro en casa con mis dos soles. Nos ponemos morados de pollo. Me pregunto en qué cola debía estar yo cuando, en el cielo, antes de que viniéramos aquí, repartían los ombligos y la autosuficiencia.
Seguramente, sola en otras tres o cuatro colas más.
13, jun | sin comentarios retazosdevida En: 2011 compártelo
Una mañana cualquiera de un domingo cualquiera
Mi alarma lleva sonando intermitentemente un buen rato; la controlo semi-despierta, una vez más entre el cielo y la tierra, como a mí me gusta estar. De repente salto a la carrera porque suena el teléfono fijo, está abajo, seguro que es mi hermana, me tengo que levantar. Me contesta la vocecita autoritaria y mandonceta de mi sobrina, seis años, trasladando instrucciones maltrechas para el estallido de risa de mi hermana y mío.
Me visto en un santiamén, adecúo la bolsa de la playa, preparo café, me como una tostada escuchando música mientras admiro cómo inundan mi patio los rayos del sol.
Saco el coche de su letargo en su parking, abro las ventanas, pongo música. La subo. La subo más. A toda pastilla.
De repente me descubro cantando como una posesa a todo pulmón, con la música a todo tronar, las ventanillas bajadas, el techo abierto, mi cabello volando al viento, a pleno sol de este pleno espléndido día. Seguramente la gente me mira en los semáforos. Me da igual. El viento inunda mi coche, las notas inundan mi coche, mis desafinos inundan mi coche, el sol inunda mi coche. La alegría inunda mi coche.
Me siento feliz. Más que eso. Me siento eufórica. Estoy eufórica. Estoy en paz conmigo misma, por fin en paz conmigo misma, disfrutando como una niña de este pequeño momento, ajena al mundo, a su gente, a sus problemas y a su generalizada sordidez.
La felicidad se mide por momentos así.
Me espera un estupendo y tranquilo día de playa rodeada de niños, del libro que me estoy leyendo, de bocadillos y de la gente que quiero.
¿Qué más se puede pedir?
13, jun | 2 comentarios retazosdevida En: 2011 compártelo
